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Las cosas de Stifter, Heiner Goebbels en el Matadero
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Autor:  OPHELIA [ Mié Feb 04, 2009 12:23 am ]
Asunto:  Las cosas de Stifter, Heiner Goebbels en el Matadero

Stifters Dinge
Ningún telón rojo, ni escenario elevado, pero sí tres estanques rectangulares alineados al milímetro. No sé decir si están llenos de agua, cubiertos por una tela negra o ambas cosas. Al fondo, amontonados geométricamente entre árboles muertos antes de haber crecido, varios pianos nos miran. A pesar de haber sido destripados están en estado de funcionamiento. De hecho tocan solos: sus teclas bajan y vuelven a subir sin intervención humana visible.
Alrededor de la instalación, posados en sus pies de metal, altavoces y trozos de chapa, también en movimiento autónomo, añaden grabaciones y ruidos metálicos al sonido de los pianos.
Más tarde, descubriré además pantallas blancas. Tres grandes, una detrás de cada estanque, que bajan y vuelven a subir siguiendo un orden meticulosamente estudiado, y una pequeña, en el centro, que se moverá en su plano para recibir, fragmento por fragmento, la proyección de una escena de caza de tiempos antiguos.
Pero por ahora la oscuridad teatral, la música lenta y regular y el silencio de un público en espera vencen rápidamente mi energía y mis ojos se cierran a pesar mío.
¿Y si la espera fuera en realidad un adormecimiento colectivo? ¿Y si fuera esto la meta final del director? La desaparición de la conciencia humana.
Esto justificaría ciertas elecciones. Por ejemplo la de dar una voz monótona y monocorde a los altavoces con la lectura grabada del relato de una expedición casi solitaria en una naturaleza donde la nieve y el frío reinan como dioses. De hecho parece que la temperatura de las gradas del Matadero baje súbitamente en unos grados. Como si el casi centenar de cuerpos reunidos aquí hubieran cesado a la vez su producción de energía. Hipnotizados, casi domados por estos pianos autónomos que les miran y siguen con su letanía de notas a veces angustiosas, a veces tranquilizadoras. De amenazar demasiado nos despertarían.
Una nueva voz sale de repente de este ambiente sonoro ensordecedor, y la de Levi-Strauss contesta. El etnólogo entrevistado vuelve sobre su vocación de aventurero para afirmar que sólo la obra tiene valor, que su creador no es digno de interés.
Como para contestar a esto, los pianos empiezan de nuevo, y parecen más animados. Esta vez no me duermo. Estoy muy alerta porque por fin percibí la amenaza y no cederé ante la nana. Pianos, alta-voces, trozos de chapa y pantallas blancas siguen con su vals y me sublevo contra la idea de que el humano estorba, molesta por su impureza.
A pesar de este desacuerdo, al final de todo, cuando los pianos resbalaron hasta el proscenio para saludar al público, quise aplaudir como reconocimiento de la precisión y la exactitud del trabajo técnico, pero ante unos instrumentos incapaces de reaccionar a mi mensaje, mi cuerpo se negó.
Como una prueba física de mi convicción: el hombre no es sólo nefasto y sin su percepción la belleza de las cosas deja de existir.
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Alice Anberrée

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