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TMi trayectoria como director de escena está llena de títulos con personajes de edad cargados de vida e interés. Mirando hacía atrás me encuentro con el fraile anciano de Los viajes forman a la juventud de Francisco Nieva, alguien que aprovecha su experiencia para conseguir acceder a la juventud y la belleza de los demás, como los vampiros se apropia de aquello que ha perdido gracias a su sabiduría y seducción, sus armas están bien entrenadas gracias a la experiencia que el tiempo le dio. Un personaje fascinante que como decía antes, da vigencia total a estos tipos.

 

Escrito y sellado de Isaac Chocrón, lectura dramatizada que realicé en Casa de América a finales de los noventa, mostraba en esta ocasión como protagonista a un hombre de edad avanzada que afronta su enfermedad, el SIDA, con una actitud llena de vida pese a ser un momento en el que el índice de mortandad era mucho mayor que el de hoy en día. Un hombre que no se planteaba el principio de cada día como uno menos en la cuenta atrás para morir si no uno más por vivir.

 

A primeros de 2000 llegó un día a mi buzón un texto muy especial, Pullus de Beth Escudè i Gallés, una de esas obras que elegimos y no sabemos bien por qué, hubo de pasar mucho tiempo para empezar a entender las razones que me impulsaron a montarla. Los personajes que mantienen la acción dramática son una joven y una anciana, nuera y suegra, las dos están atrapadas en una especie de tela de araña afectiva, provocada por la ausencia de un ser querido que las marcó en vida. La vieja está recogiendo sus pertenencias mientras la otra ordena la casa de forma obsesiva; no sabemos inicialmente adónde les llevará este extraño rito porque constantemente las vemos que huyen de la realidad para refugiarse en cuentos llenos de mitos, y de ahí regresan cada vez con una nueva lección aprendida. Sin duda un gran texto y una gran experiencia por la posibilidad de trabajar con dos actrices en la edad del personaje y que por tanto pudieron dar dimensión profunda a sus creaciones. Por primera vez empecé a observar la razón por la que sin darme cuenta iba eligiendo a unos y no otros personajes y en concreto, a hermosos viejos.

 

Un año después de nuevo sucumbí al encanto de un texto decadente con un viejo fascinante viajando del presente al pasado, haciendo un recorrido inverso al de la vida: a punto de morir iba desmontando su vida hacia la juventud. Este personaje no podía ser otro que Dorian Grey, salido del famoso cuadro en la bella pieza de José Ramón Fernández Las mujeres fragantes, que me permitió la oportunidad de trabajar con un mito del cine, Paul Naschy, en la figura del cuadro.

 

Hace tres años volví a caer rendido ante otro texto contemporáneo, Las damas del Ferrol de Eduardo Alonso, escrito inicialmente para dos actrices que yo imaginé desde el principio interpretado por dos hombres. De nuevo dos viejas en escena, encerradas en un mundo hostil del que han de defenderse con uñas y dientes. Y otra lección más, aquí multiplicada: unos personajes complejos a los que han de dar vida dos actores. Y tras la experiencia, de nuevo la sorpresa; nada era gratuito en todo ello, ni el texto, ni los personajes, ni el cambio de sexo escénico. Otra vez, la vejez era la excusa para construir más vida en el escenario.

 

Hace unos meses he podido sumergirme de nuevo en un universo de ancianos, La lista completa de Jorge Goldenberg; fue otra lectura realizada en Casa de América. En un hipotético juicio de la Historia, una madre anciana, como símbolo de la justicia, repasa las declaraciones de una serie de hombres de edad avanzada que tiene secretos escondidos en la memoria que no quieren desvelar. Otra ocasión para entender mejor al hombre, ese gran interrogante del Universo.

 

Y por último, los viejos que me han acompañado en el trayecto realizado con el proyecto Grita Tengo SIDA! Y en particular los que habitaban El Laberinto… Ese actor que ha terminado haciendo, en su decadencia, las peores funciones en los escenarios más inhóspitos, ese hombre anónimo que vivirá los últimos días de su vida escondido en un cuarto oscuro, el fetichista y místico que venera a santos malditos en la intimidad y el actor que viaja a otro país para que caiga por última vez el telón en su vida. Personajes heridos de tiempo y amor con los que me reconocía cada noche, porque su piel marchita era mucho más tersa e interesante con lo escrito en cada pliegue de los años vividos.

 

Este es mi pequeño álbum de fotos donde tengo escondidos algunos de los personajes más fascinantes con los que me he encontrado en el teatro. Seres para los que la edad sí es importante y que no les deja fuera de lugar sino justo en el centro del huracán de la vida. Lo más importante que me ha pasado al crear estas ficciones es que he conseguido mirarme en rostros que no tenían nada que ver conmigo -aparentemente, claro, porque después, cuando se mira de nuevo el álbum de fotos como estoy teniendo que hacer al escribir este artículo, descubro que nada es fruto de la casualidad y que he ido eligiendo en cada momento, a estos viejos tiernos, porque tenían que ver con algún hueco o vacío en mi historia personal. Por tanto he podido, gracias a una mano arrugada, hacer el viaje más importante, el de artista y persona.

 

Seguro que llegaran otros viejos y viejas con los que seguiré descubriendo que la vida no va perdiéndose con el tiempo sino enriqueciéndose con él.

 
 
 

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Los viajes forman a la juventud
 


Pullus
 


Las mujeres fragantes
 


Las damas del Ferrol
 


Sotovoce

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