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 Asunto: Silent Screen / Bella Figura, de Nederlands Dans Theatre
 Nota Publicado: Mar Sep 18, 2007 10:12 pm 
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megaforero
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Registrado: Sab Dic 16, 2006 10:53 am
Mensajes: 271
Ubicación: Dinamarca
En la ciudad de Valle Inclán
Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza y en la poesía hablada, ya que estas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto.
Juego y teoría del Duende, Federico García Lorca.

Nederlands Dans Theater es una compañía de La Haya (Holanda), que además de dedicarse a la danza contemporánea, suele acompañar a la reina Beatriz y el primer ministro holandés en sus visitas de estado. Claro. Y hoy visitan Madrid, o ese Madrid que ya no se reconoce a sí mismo. Vienen de gira por provincias, estas provincias de Europa. Y no se dan cuenta de que tienen la oportunidad de visitar la ciudad de Valle Inclán, donde se pulsa la muerte y la vida como espectáculo, como siempre. En esta ciudad, salir a un escenario debe significar morir, como en las plazas de los toros. Vive Dios si alguna vez he soportado el espectáculo taurino, y por eso me sorprende que sean los toreros los que arrebaten a los artistas el misterio de la muerte en el arte. Rafael Gómez, El Gallo, al preguntarle que cuándo un torero era artista, respondió: «Cuando tiene un misterio que decir, y lo dice». De José Tomás, el torero-artista que ha devuelto a los intelectuales a las plazas, dice Juan Verdú: «Hacía muchos años que los toros no daban esa sensación de peligro, esa emoción. Ahora, todo el que quiera torear sabe que ahí huele a ciprés». En el frío trabajo de la compañía holandesa se olvidaron del misterio de la escena. Los cuerpos de los bailarines, que con corrección y envueltos en la millonaria escenotecnia de un teatro que pretende llevarnos a primera línea de la escena europea, no huelen a ciprés, sino a desinfectante, o peor aún, al polvo de viruta que se desprende al abrir la caja de cartón que envuelve un mueble de IKEA. Los cuerpos de los bailarines no son de hombres, sino de remedos de pequeños dioses apolíneos que repiten el código marcado, sin sudor, sin vello, marmóreos; los cuerpos de las bailarinas no son de mujer, sino de ninfas pétreas, que no ejercerán su derecho al milagro. Son correctos bailarines, y quieren ser perfectos, pero no lo son, incluso algunos se van de tiempo, pero eso da igual, porque, como dice José Tomás «Si en un pase, el toro se te cuela, en el siguiente hay que cruzarse más, irse más para adelante». Pero ellos no saben de muerte, y no se acercan.
Tanto en Silent Screen (Pantalla silenciosa), creación de Paul Lightfoot y Sol León, con música de Philip Glass (Glassworks, The Hours y Why does someone have to die), como en Bella Figura de Jiří Kylián, con orquesta en directo tocando piezas de Foss, Pergolesi, Marcello, Vivaldi o Torelli, se siente en pocas ocasiones la captura del arte. En la primera, menos que en la segunda. Una mujer de espaldas al público surge del foso con una falda negra y va ocupando todo el escenario. Siete bailarines con falda roja toman el telón de boca, negro, con sus brazos, y queda la imagen en suspenso. Unos bailarines danzan en silencio, al son de sus corazones y del crepitar del fuego. Son las imágenes hermosas que rescato de un espectáculo que se diluye por su falta de comunicación con los espectadores, por su falta de creencia en el misterio.
Harto de la belleza canónica de la danza de formas sin pensar en la recepción, me declaro agnóstico de Nederlands Dans Theater hasta nuevo aviso. Recomiendo la lectura pordiosera (esa que rebaña hasta las migas) de Juego y teoría del Duende, a todos los creadores y a los bailarines que se reencuentren con el placer de actuar para unos ojos que miran.

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Domingo Ortega

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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 Asunto: No encuentro aparcamiento
 Nota Publicado: Jue Sep 20, 2007 9:51 pm 
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gigaforero
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Registrado: Mié Nov 08, 2006 7:15 am
Mensajes: 597
Ubicación: MADRID
No encuentro aparcamiento, y meto el coche en ese gran agujero que se levantó la plaza de Oriente por completo. En el suelo no hay rastro de huellas de coche ni de grasa. Limpio. Inmaculado. Es extraño que un parking en Madrid esté tan limpio. La gente sale de sus enormes coches, vestidos para la ocasión. Todos van al Real. Son personas ricas, con atuendos de ricos, con coches de ricos. Hablan como ricos. Ellas hermosas, rubias, ellos trajeados, quizá empresarios. Hoy Nederlands Dans Theater I en el escenario. Yo, por falta de presupuesto y de conocimiento sobre lírica, es la primera vez que voy a este teatro. La entrada enorme, el vestíbulo como aquellos de las casas de las tías de las que quizá puedas heredar algo, y me dice el caballero extrañamente uniformado Quinta planta. Tengo vértigo cuando me asomo desde el asiento que me ha correspondido, pero me dicen que tengo suerte, delante de mi no hay nadie, mi visibilidad no es tan reducida como la de la pareja de hombres que está detrás de mi. Venzo el vértigo, porque me he gastado mis buenos ahorros, y miro hacia abajo. Me encuentro con gente cada vez más rica, según cuanto más cerca están del patio de butacas. Miro hacia atrás: cuanto más atrás, la gente tiene menos dinero. La pirámide social está invertida. El recinto no es tan bonito como me lo imaginaba. Comienza el espectáculo. ¿Comienza el espectáculo? El espectáculo comenzó desde mi llegada al parking. Vestuario, escenografía, utilería, disposición escénica, regidores, todo tiene un extraño orden, el orden social. Termina la primera parte. Aplauden como quien ha pagado mucho por ver la obra, como quien no puede sentirse decepcionado esa noche, como quien llegará a la próxima reunión de amigos y dirá Qué buen espectáculo vimos, sin creerse parte del espectáculo. Me siento mal. El montaje no me ha gustado y me siento fuera de contexto. De pronto, ¡sí! me hago consciente de todo lo que estoy diciendo. Salgo al pasillo (no estoy acostumbrado a los descansos en el teatro, y menos para tomar champán) y paseo por los vestíbulos, piso las alfombras, miro por los palcos: el teatro está ahí. Los de arriba miran al vestíbulo central, donde están los del patio de butacas con algún intruso que ha bajado desde lo alto, para mezclarse en lo bajo con lo alto. Los de abajo, muy de vez en cuando, miran hacia arriba; se saben mirados. Todo es un juego de miradas estudiado. ¿Lo habrán estudiado los arquitectos de la reina Isabel? ¿Y los que lo han remodelado? Seguro que sí. En mi paseo sobre las alfombras llego a un vestíbulo circular donde hay vitrinas vacías, donadas por la Fundación de Amigos de la Ópera. Claro. Vitrinas vacías. Una terrible metáfora. Muebles de madera y cristal, diseño antiguo, cuidadas, enceradas, sin polvo. Sin utilidad. Sin nada que ofrecer. Me viene a la cabeza Le Societé du Spectacle de Guy Debord, lectura que recomiendo. Vuelvo a mi asiento. Los bailarines calientan delante del público, que está en su propio espectáculo. Nadie les mira. Para qué, si no es lo que importa. Vuelvan a sus asientos. El espectáculo va a continuar, anuncian. Sus asientos. Propiedad Privada. El espectáculo va a continuar. Como si en algún momento hubiera acabado el espectáculo. Al menos, el espectáculo de esta sociedad no.
Hay momentos de gran silencio en la obra. Muchos de los asistentes tosen o les suenan los móviles. Yo soy el que pago, ¿no?, dirá más de uno. Tiene toda la razón. Tú eres el espectáculo. Termina la obra. Aplauden más que antes. Mucho más. Un amigo mío dice que cuando el público aplaude con los brazos más separados del tronco de lo usual, lo que hace es aplaudirse a si mismo por haber tenido la buena idea de asistir a ese espectáculo. No me hizo gracia su ocurrencia cuando me lo dijo. Pero hoy le recuerdo, y sigue sin hacerme gracia. Salimos. Los de arriba nos miramos huidizos. Hemos pagado mucho para ver esto y en estas malas condiciones, y no salimos contentos. Los de abajo han pagado (los que han pagado, que hay mucho invitado también) hasta tres veces más, pero han estado abajo, y se saben los protagonistas. Voy hacia el parking. Oigo No ha estado mal y veo que lo dice una hermosa y joven mujer a su canoso marido. Voy al coche, corro lo que puedo para no encontrarme en medio de tanto rico. Aún así algunos se han adelantado. Me miran extrañados. Será por ir con vaqueros, bastante desaliñado, más acorde con un aparcamiento de otros barrios. Pongo a todo volumen el cd, y escucho a Silvio Rodríguez.

A caballo comienza el delirio de esta carrera
A caballo de mi beso a caballo de la primavera
A caballo caemos al río
A caballo apagamos el frío
A caballo se saltan los broches
A caballo se alumbra la noche
A caballo el amor
A caballo bañado en sudor
A caballo llegamos al vicio
y juro que no es sacrificio.

A caballo quería contigo tener una vista
A caballo y temprano para que se alargue la pista
A caballo andarías segura
en la más saludable montura.
A caballo los santos pervierten
y dolor y tortura divierten
A caballo el amor
galopando hacia el premio mayor
A caballo pasando la liebre
y un trovador cantando de fiebre

A caballo curando la baja presión de la sangre
A caballo borrando ignominias miserias y hambres
A caballo impartiendo justicia
reclamando el país con Alicia
A caballo sin discriminarnos
A caballo total para amarnos
A caballo el amor
desbocado a todo tambor
A caballo de tan necesario
me siento más revolucionario.


Dejo Madrid atrás. Y respiro hondo. Entro en las curvas de acceso a los túneles de la M30 dirección sur. Antes de la incorporación, veo, saliendo de una caseta de obreros en medio de las obras, a una mujer con bata de andar por casa para colgar ropa de unos cables. Y recuerdo el famoso eslogan del Ayuntamiento de Madrid para convencernos de que sus políticas eran las acertadas ¿Qué pasaría si nunca pasase nada? Me siento desbocado, pero no grito, solo aprieto un poco más el acelerador. Justo antes de encontrarme la señal que me prohíbe ir a más de setenta. Y reduzco. Como llevo haciendo mucho tiempo.

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DOMINGO ORTEGA
Arte por encima de todo


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