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 Asunto: Oleanna, de David Mamet, en el Teatro Español
 Nota Publicado: Vie May 06, 2011 12:18 am 
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Contexto y subtexto
En 1992 David Mamet escribió uno de los textos más interesantes del panorama teatral. Con su estructura de tragedia, partiendo de una situación dada donde el conflicto clásico establece la situación antagónica entre los personajes: una alumna universitaria que quiere hablar con su profesor para ver cómo puede enfocar la asignatura y conseguir aprobarla, frente al profesor que tiene que irse ante la posibilidad de que no llegue a cerrar una transacción inmobiliaria de la que depende su futuro hogar, situación que trae la urgencia a la escena. Eso no es nada con respecto al verdadero conflicto, que surgirá en el segundo acto en forma de reclamación por parte de la alumna y por motivos bien diferentes a los que el profesor podría imaginar.
Las palabras son un elemento clave en la dramaturgia de Mamet, especialmente en las obras de esta época: ya en Glengarry Glen Ross se ponía en evidencia cómo los actos (y en teatro la acción) son los que finalmente determinan el destino de cada persona, y eso es lo que sigue el espectador aunque su jerga le resulte ininteligible: lo importante es el subtexto. Igualmente, en esta obra a priori podría jugar con el lenguaje como excusa: daría igual cuál fuera la asignatura sobre la que reflexionan los personajes, pero resulta ser Teoría de la Educación, y así como se da la metarreflexión en el hecho de que un profesor y alumna debatan sobre la enseñanza, se multiplica el hecho metarreferencial al discutir sobre el lenguaje con el propio lenguaje, y mostrándonos cómo la palabra es la que provoca los conflictos. La falta de comunicación es la base de cualquier conflicto humano, y aquí se evidencia especialmente: hablando el mismo idioma, los personajes hablan lenguajes distintos, no sólo por la diferencia sociocultural, sino también por sus vivencias, su interpretación de la realidad: lo importante es el contexto. En la propia obra se dice: el ser humano olvida la mayoría de la información que recibe, y efectivamente aquí asistimos a cómo cada uno sólo retiene aquellas palabras del otro que afectan a su mundo e interpreta su subtexto de acuerdo a cómo percibe su entorno. Pero hay algo más en la palabra: quien domina el lenguaje es el que tiene el poder, tema último de la obra, y aquí asistimos a cómo la palabra sabia puede ser doblegada por la palabra políticamente correcta.
Se ha dicho que el texto, con el paso de los años, podría presentar una lectura más distanciada entre el tema que trata y la realidad. Sin embargo, las noticias recientes sobre Antonio Calvo, un malogrado profesor de la Universidad de Princeton, o la creación oficial de neologismos con falsas etimologías (*monomarental, equivocando pariente, —parir—, con padre), demuestran que no es un tema ya trillado, o del que uno pueda cansarse: hay que tener en cuenta, además, que aquí llegó a convertirse en noticia habitual más tardíamente. Así, al tratar de ahondar más en el primer acto en el debate sobre la educación que en la situación que pueda estar dándose entre los personajes, nos encontramos con una reflexión demasiado vaga (el lenguaje pretendidamente entrecortado, imitación del natural, no siempre conseguido en el escenario no da mucho pie a ello) que va en perjuicio de la relación entre los personajes, y al tratar de huir de la polémica —¿por qué? si en este caso no es mala: se pretende instalar la duda en el espectador, como el profesor intenta hacerlo con la alumna para que se replantee su manera de pensar, como la alumna lo hace con el profesor destruyendo los cimientos de su pensamiento—, no se neutraliza la situación, sino que se polariza la culpa.
Y si tan importante es el lenguaje como tema en la obra, el propio texto hubiera merecido una mayor adaptación, contando con ciertas peculiaridades de nuestro idioma frente al inglés. Desde el principio se advierte que algo no cuadra; por poner un ejemplo: no es normal que a una estudiante universitaria le llame la atención la expresión «tecnicismo legal» y le parezca tan normal «servidumbre de paso», que por mucho que sea una expresión compuesta por palabras sencillas, es un término mucho menos común.
La brillantez del texto de Mamet destaca por encima de lo demás durante toda la función, y salva la función. el casting es muy adecuado, pero hace falta algo más que dar el tipo, y quizá habremos de esperar a que la obra tenga mayor rodaje para que respire de verdad, se solventen ciertos desajustes en las reacciones de los actores, cierta artificialidad… y que José Coronado sea algo más que correcto, e Irene Escolar cuide esa voz descontrolada y pasemos de la sorpresa ante el comportamiento del personaje a ver en él una evolución más lógica.
En general, del montaje, podríamos decir que «las ideas que esta obra contiene expresan la intención del autor de la manera en que este quiere expresarla». Quien sepa entender, que entienda.
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Jorge Guerrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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