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 Asunto: Veraneantes, Gorki por Miguel del Arco en La Abadía
 Nota Publicado: Mar Abr 26, 2011 9:54 am 
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Vacaciones de uno mismo
«Cristóbal.— Te quiero
Bárbara.— Ya, pero yo a ti no.
Cristóbal.— ¿Y ahora, qué hacemos?
»
Cuando un grupo de personas se junta ociosamente para pasar unos días juntos, especialmente si hay intención de que salga todo bien, es cuando sale lo mejor de cada uno. Nos empeñamos en ejercer de nosotros mismos, y claro, todo está abocado al desastre. Esto, que hoy día se conoce popularmente como el síndrome reality show, bien lo sabían hace un siglo cuando comenzaron a escribir un teatro con personajes de hondura psicológica, y presentarlos en estas situaciones.
Sobre este planteamiento, y bajo el sol del verano, Miguel del Arco toma el texto de Gorki y lo trae a este momento, en que somos nosotros mismos y no los de hace un siglo, rebautiza los personajes con los propios nombres de los actores, para que sean cada vez más ellos mismos, los personajes, no los actores, y trabaja con ellos para que el texto fluya coloquialmente, y lo hagan propio, aunque las reflexiones más ordenadas que vienen del original sigan sonando un tanto ajenas. Ya consiguió con La función por hacer, aquello que, cuando la incunable Ophelia virtual aún estaba en pañales, debatíamos en nuestro foro de hace 5 años: parecía que era algo ajeno, fuera de nuestro alcance, que sólo los rusos, y recién sólo los argentinos, podían dotar de cotidianidad no acartonada a estos textos de principios del siglo XX. Incluso hemos visto en estos años cómo un director de la escuela de Veronese, el talentoso Tolcachir, que adquiriera gran fama a partir de su éxito con la impresionante La omisión de la familia Coleman, naufragaba en el intento de trabajar con los actores españoles esa naturalidad necesaria (Todos eran mis hijos).
Ante la actualización o revisión de Miguel del Arco habrá quien se pregunte ¿dónde queda el texto original? Pero, por poner un ejemplo donde puede verse claramente, ya en obras como Glengarry Glen Ross de Mamet se demostraba que el diálogo no era lo importante, sino lo que ocurría mientras, la acción y el subtexto. Siempre ha sido así: los poetas del siglo XVII contaban con que se perdería gran parte del texto en su recepción (de ahí las continuas repeticiones) y sin embargo el público podía seguir perfectamente la trama. Por eso, lo que importa aquí es qué nos puede contar Gorki sobre la sociedad actual y que eso esté de fondo sobre un tejido textual renovado. Eso da también mayor habilidad a los actores, que rompen las frases con libertad, que adecúan sus reacciones a lo que el personaje les pide: se agradece mucho ver a Ernesto Arias —habitualmente más atrapado en la perfección de la intencionalidad o los portadores de sentido en el texto, que siempre resolvió irreprochablemente— tan suelto, así como al resto del equipo más habitual de La Abadía, la frescura de Elisabet Gelabert, el humor de Lidia Otón y, en general, el disfrute que ya conocían los actores con quienes ya trabajó en su obra anteriormente mencionada: Bárbara Lennie, Israel Elejalde, Raúl Prieto, Miriam Montilla, Manuela Paso y Cristóbal Suárez, que resuelve con oficio el papel más difícil, lleno de romántico exceso adolescente, y con quien contó además para El Proyecto Youkali, a los que se suma el desparpajo musical y la energía actoral de Miquel Fernández.
La liviandad asfixiante del verano esconde bajo el tiempo «feliz» el drama, que acaba envolviéndolo todo. Bajo las canciones del verano, las más íntimas a la guitarra, bajo el juego de parejas, entradas y salidas, que sería típico del vodevil, el peso de cada drama personal (algo así como en Los amigos de Peter, que filmó para mayor gloria Kenneth Branagh). Aquí, como en tantos clásicos rusos, hasta llegar a esa última cena, vestidos de blanco, donde todo estalla, hay momentos en que no parece pasar nada más allá de lo anecdótico, «todo es insignificante», llegan a decir ellos mismos.
Así es la vida, ese conjunto de momentos insignificantes, lo importante a nuestro paso «es que dejemos algo mejor de lo que nos encontramos». Pero los humanos nos comportamos en este mundo como los veraneantes: llegamos, lo ensuciamos todo y nos vamos.
Y eso somos, seres condenados a repetir los mismos errores. Condenados a ser nosotros mismos.
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Sergio Herrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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