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 Asunto: La Avería, de Dürrenmatt, dirigida por Blanca Portillo
 Nota Publicado: Sab Abr 23, 2011 8:41 pm 
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megaforero
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Desde una sociedad averiada
«La vejez no es mérito, ni desdoro, uno sólo tiene que dejar pasar el tiempo y viene sola…».
El dramaturgo Friedrich Dürrenmatt escribió un relato en el que se abordan diferentes enfoques acerca de la condición humana. Desde la dignificación de los ancianos hasta la competitividad de la sociedad actual, pasando por el concepto de la justicia (frente a la ley), el sentido de la vieja hospitalidad, el peso de la conciencia o la culpa. En esa misma virtud reside quizá el problema, porque al abarcar tanto en una pieza corremos el riesgo de ser el aceite que se queda en la superficie. Es cierto que preferimos ser público activo, que no necesitamos que nos desarrollen el planteamiento de la tesis de la obra para poder ahondar nosotros mismos. Y aquí las premisas quedan bien establecidas y de hecho, en algunos momentos, la obra consigue que nuestro inconsciente se ponga a hurgar en nuestro pasado buscando nuestro delito inconfesable. El subtexto está claro. Sin embargo, en el desarrollo de la trama argumental, la adaptación adolece de una cierta profundidad íntima. El juego que propone el coro leguleyo promete una exploración en el alma del «acusado» a la que no se dedica suficiente detenimiento, apenas un par de aleteos de los que tiran los ancianos para construir su juicio, sin apenas dejar oportunidad para que él mismo bucee en su interior, descubra y verbalice sus sórdidos pensamientos: cada vez que sale de sus labios una palabra al respecto, el revuelo que provoca le enmudece y sólo ellos debaten al respecto. Dicen no querer hacer un juicio al modo legal pero no pueden evitar caer en ello: no deja de ser coherente, y sin embargo no beneficia sustancialmente a la fábula.
José Luis García-Sánchez se zambulle en ese buceo requerido al personaje, por tanto, de un modo interno, pero también en la parte más lúdica de la función su personaje entraña riesgo, aunque él es capaz de llegar incluso a disfrutarlo. Con su imponente voz podría no parecer el más adecuado para encarnar al acusado; sin embargo, en su mirada se adivina incluso el niño que alberga, y que asoma en el personaje en cuanto empieza a hacer algo que no había hecho hasta entonces: pensar en su vida. Dürrenmatt no lo pone nada fácil: Alfredo ha de ser suficientemente lanzado como para tener un lado oscuro y aceptar un envite, a la vez que ha de ser suficientemente inocente como para dejarse arrastrar por un juego y no haber perdido su capacidad de sorpresa; pero la dificultad mayor es que este personaje es el que sirve de enlace entre el espectador y el público, como hace poco hemos visto que ocurría con el Gobernador en El arte de la Comedia: público y personaje reciben la información a la par, y en ambos se plantean las mismas suspicacias. No es fácil transmitir esa sensación de desconcierto sin adelantar ciertas reacciones, pero la dificultad añadida de este personaje (por ejemplo, frente al que interpretaba Pedro Casablanc) es que Alfredo Traps vaya pasando por diferentes estados sin tener un interlocutor con quien compartirlos, y que sin embargo tenga que transmitírselos al público. El actor lo consigue expresando en cada gesto de su cara su estupefacción ante lo inesperado, y su rostro amable se lleva el foco en la mayor parte de la obra, provocando no sólo la identificación, sino una intrigante atracción magnética por saber qué provocará en él la siguiente situación.
La extrañeza de que hablamos reside en que nuestro guía mira de hito en hito todo lo que ocurre ante sus narices a partir de la avería casual de su coche: una cena tan increíble que cada sabor parece nuevo, los extraños ritos que preceden a cada plato, la personalidad que esconde cada uno de los ancianos que allí se congregan… todo ello ampliado por los efectos del abundante vino de calidad extraordinaria. El problema es que en la ambientación de ese anecdótico entorno pierde fuerza a ratos el inquietante juego al que se ha prestado, no menos sorprendente, y que es el esqueleto de la obra.
Los actores que se meten, literalmente, en la piel de los ancianos, construyen con gran esmero sus personajes: a la caracterización externa, un maquillaje complejo que transforma su rostro en máscara, acompaña un trabajo de cuerpo y voz que dominan con soltura; no en vano, una directora como Blanca Portillo, que ha tenido que pasar por ello como actriz en diversas ocasiones, ha querido profundizar en este aspecto como una clave para crear la ilusión escénica, contando para ese trabajo con el buen hacer de Mar Navarro. Así, Asier Etxeandía, con quien ha compartido tablas en más de una ocasión, encarna al fiscal Thorn, caracterizado como un sarcástico y ágil Beethoven de mirada ciertamente inquisitiva. Daniel Grao es el Juez y anfitrión, de respetable aspecto, siempre acompañado de Pilet, hermosamente creado por Fernando Soto, un remedo de Sancho, con sus refranes y su torpe lucidez; José Luis Torrijo se transforma en la oronda figura del abogado defensor, más afable en carácter y gesto, y Emma Suárez es la enjuta Mademoiselle Simone, la cocinera misteriosa que esconde un saber espiritual que nos gustaría tener más presente desde el principio. Papeles tan característicos son a la vez una perla para el actor aunque reduce su individualidad a la técnica; un buen actor no podría distinguirse de otro en ese mismo papel, así que quien asista a la función atraído por los rostros conocidos apenas podrá reconocerlos, pero a cambio conocerá sus buenas actuaciones, y quizá conozca algo más de este oficio más allá de la fama que comporta y que en algunas ocasiones eclipsa al trabajo.
En cuanto al espacio, el espectador accede a la nave del Matadero más diáfana de lo habitual, mostrando parte de su maravillosa arquitectura, y se presenta ante él una escenografía con la que ocurre igual que con la de El arte de la comedia: inicialmente uno teme que su uso sea más de mero decorado que de escenografía, más aún aquí por ser más espectacular, pero finalmente demuestra su función de un modo más actual. El espacio sonoro, cuidado y adecuado, en algunos momentos resulta ser más efectista que efectivo: no sólo cuando marca ciertos momentos de tensión, sino también en algunos sostenidos que se apoyan con una luz blanca y que se ilustran con demasiada evidencia.
Fernando Sansegundo y Blanca Portillo han sabido ver que ciertas inquietudes morales no son muy distintas con el paso del tiempo, y por eso tiene sentido traer hoy a escena esta historia; como lo supo Kubrick, cuando versionó también un cuento, Relato soñado, de un dramaturgo, Arthur Schnitzler, para su película Eyes Wide Shut: ¿Es distinto cometer una infidelidad (en este caso, un delito) a desearlo? ¿Es sano que el peso de nuestra conciencia evolucione en ese concepto tan cristiano como es la culpa, o el pecado? «¡Mira que eres actual!», le grita el abogado defensor al ya atormentado Alfredo Traps, cuando le ve culpabilizarse por todo; al mismo tiempo, la obra nos invita a hacer examen de conciencia para dejar en evidencia nuestras miserias. Un croquis de la sociedad contemporánea, que al final consiste en que medio mundo pisa sin escrúpulos e impunemente (por encima de las leyes y aún más, de la justicia) al otro medio mundo, que se siente culpable por cada una de sus acciones y las circunstancias que la rodean.
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Sergio Herrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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