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 Asunto: Ricardo III de Shakespeare por Jorge Eines en el Español
 Nota Publicado: Lun Abr 18, 2011 7:01 pm 
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El discurso imperante
El veterano director Jorge Eynes (catedrático de la RESAD que participó en el teatro alternativo de Madrid en su época más destacada, con su sala Ensayo 100) dirigió hace cinco años Himmelweg, el Camino del cielo en Argentina. La obra, que cuenta la historia real de un delegado de la Cruz Roja para cuya visita a un campo de concentración se preparó todo un mundo idílico dentro de él, dejó huella en el director. Así, sitúa en este Ricardo III al espectador (o lo intenta) en el marco de la Segunda Guerra Mundial, pero de un modo muy distinto a como ya lo hiciera la película protagonizada por Ian McKellan. En este caso no es la acción lo que transcurre en la época, sino quienes van a mostrar la obra: en una suerte metateatral, asistimos al ensayo de este clásico que los prisioneros de un campo de concentración han de representar para sus guardianes. De ahí el vestuario andrajoso con la estrella de David prendida. Lo cierto es que, salvo eso, el espectador que no venga avisado por el programa de mano no tiene muchas pistas para orientarse: el lager se muestra como un no-lugar desolado, y ni hay una introducción que nos sitúe, ni se ha introducido referencia alguna en el texto. En el fondo, para contar esta historia de poder despótico, daría igual este u otro marco, su universalidad es atemporal, aunque sí es cierto que el elegido por el director debería tener una connotación más simbólica, y que la circunstancia en que se está dando el hecho escénico explique que los actores partan de un estado anímico muy intenso desde el principio. «Interpretar para vivir», como dijera Falstaff, el otro clásico de Shakespeare que puede verse estos días en Madrid, de este modo los judíos tienen la esperanza («el miedo con rostro amable») de que la función les salve de la solución final, como lo esperan los que sirven al rey cometiendo los asesinatos obedientemente.
Martijn Kuiper es un actor con porte de Lord Byron que transforma su cuerpo en el de el contrahecho Ricardo III en una ejemplar actuación que parte de la caracterización interna del personaje. Sus hipnóticos ojos azules se vuelven de hielo y brillan como los filos de las armas que asesinarán a sus víctimas. El atractivo del actor desaparece y surge otro atractivo, el del carisma, un magnetismo que hace que ningún espectador pueda dejar de seguirle. El personaje desarrolla un tono y hasta un lenguaje propios, una manera de desenvolverse en su propio discurso que empieza siendo distanciada y acaba siendo de compadreo, familiar. Estamos ante el primer asesino en serie literario, y en el catálogo de muertes que va mostrándonos a la vez que las dictamina, encuentra siempre la justificación de todos sus actos. ¿Qué hace que este personaje nos atraiga a acompañarle en su perdición? Lo mismo que hace que haya quien vea a Berlusconi como un triunfador, o al banquero corrupto de turno como un triunfador. Es el discurso imperante en la política actual, atacar para que no me ataquen, acusar para no responder de lo que me acusan, y vendernos que todo está hecho por nuestro bien. Cualquier político actual se justificaría a sí mismo como lo hace él: «maté a tu hijo pero quiero compensar el daño casándome con tu hija y dándole todo lo que a él le correspondía». Así son los grandes gestos de los gobernantes. Así han sido siempre, no han cambiado en todos estos siglos y no se hace nada por que cambien.
A él le acompaña un elenco de siete actores más, con dobles papeles (y eso teniendo en cuenta la gran reducción de personajes con respecto al original) a excepción del mismo Kuiper y Agnes Kiraly, que interpreta una reina Isabel sufriente de un modo casi lorquiano. Tres actrices encarnan papeles masculinos (Carmen Vals, magnífica como rey Eduardo IV, Begoña Sánchez manteniendo un cuidado especial en los movimientos para Lord Hastings, y Danai Querol como un petit prince de Gales) y son a la vez la Reina Margarita, la Duquesa de York y Lady Ana, respectivamente. El resto del elenco está también presente durante todo el montaje, en un sutil ejercicio de escucha y apoyo; es un placer ver a un joven talento como Carlos Enri construir tres potentes personajes, y que sea quien aporta mayor musicalidad al espacio sonoro. Entre todos se va completando este oscuro muestrario de muerte y destrucción, en el que el temblor desesperado ante el final de la obra y el consiguiente destino incierto de sus vidas impone un pathos de sobrecogimiento, que se prolonga en los aplausos y, cuando al final, los actores vuelven a los mismos puestos en los que los encontramos al entrar, el eterno retorno del sufrimiento nos recuerda que, en todo tiempo y lugar, esa situación de despotismo es susceptible de repetirse.
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Sergio Herrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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