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El jardín de las delicias, de Arrabal, estreno en 4ª Pared
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Autor:  OPHELIA [ Dom Abr 17, 2011 1:12 pm ]
Asunto:  El jardín de las delicias, de Arrabal, estreno en 4ª Pared

El dolor de las delicias
Los textos del teatro pánico de Arrabal, escritos hace cerca de 50 años, superan lo que un régimen con censura era capaz de concebir que pudiera ser creado, y que sin embargo se (re)presentaba en la realidad de muchos hogares en los que no quería mirar, fruto del propio sometimiento que ejercía. Que estos textos puedan envejecer antes de que se les dé la oportunidad de ser conocidos en escena, es algo que no debemos permitir, aunque en este país casi estemos acostumbrados a ello ante tantos como han sido enterrados en el olvido desde antes de la guerra.
El jardín de las delicias muestra en un cuadro escénico un no-tiempo en el que viven unos personajes, con un pasado y sin un futuro, que confunden recuerdo y presente desde el trauma del daño. Lais, una actriz retirada que espera cinco llamadas para una entrevista de televisión mientras cuida de sus ovejas se debate entre su lado más perverso, el que somete y enjaula al hombre-mono Zenón, al que acusa de ser él quien la maltrata, y su lado más dañado, cuando fue sometida de niña por un hombre: a partir de ahí, las relaciones de poder entre los personajes se modifican según el momento. Las sensaciones que ese contexto provoca sólo pueden transmitirse en escena, y pido disculpas por desbrozar así el argumento de las piezas de Arrabal: es como analizar sintácticamente las réplicas que se dan sus personajes, pues la esencia de su teatro es celebrar la ceremonia de la confusión con la exposición de nuestras perversiones más sórdidas de tal modo que a menudo nos sintamos violentados ante ellas; hay quien no es capaz de ver en ello la denuncia que supone exhibirlas en escena, pero esa es una de las bases del pánico.
La religión —esa misma que llevó a la cárcel al dramaturgo—, con sus ritos, su albedrío, sus imágenes y sus cilicios, son el punto de partida para el desquicie de Lais y de su amiga Miharca. La confusión con los instrumentos y estrategias para el sadismo la trae el personaje de Teloc, el mago con el que ambas comenzarán relaciones de dependencia. Este seductor no puede ser una presencia demasiado brutal, ha de moverse en el límite de la atracción y lo prohibido. Así, el actor Carlos Domingo sabe destapar esa bella mezcla entre lo refinado y lo canalla en su rostro, destilando morbo en su porte para tentar a la actriz. Angels Jiménez logra perfectamente dar el tipo de esa mujer que no puede superar su condición tortuosa, que, resignada, se construye un mundo ideal tan inestable como ella misma, a la vez que sabe desenvolverse cuando ha de mostrar su faceta más oscura, aunque para estas escenas hay algo más impostado en ella que, por ejemplo, en el bruto Zenón (Arturo Bernal), que en el juego entre la animalidad (pese a la imposibilidad de embrutecer su modélico cuerpo humano) y la esclavitud sexual (pese al cuidado evidente en la acrobacia), transmite mayor autenticidad. Mercé Rovira ha de echar mano de su versatilidad para crear no sólo a una mutable Miharca, sino a la monja acusadora que contiene toda la opresión que implica ese orfanato.
El texto de Arrabal, irónico, tremendista y simbólico, está acertadamente habitado por el elenco gracias a una dirección de actores precisa e inteligente: en el mismo tono se espetan frases duras o ridículas, y de ahí parte el pánico y la risa, no necesariamente en correspondencia con lo pronunciado. «La confusión, la memoria, la inteligencia, el humor y el terror», decía Arrabal que presidían el teatro pánico: Rosario Ruiz Rodgers ha vuelto para dirigir un trabajo que parte de la investigación de esas claves en el espacio habilitado para ello dentro de la Sala Cuarta Pared. Y la misma investigación se percibe en el cuidado del espacio y los hipnotizantes vídeos, plenamente justificados en su uso, pese a que algunos ofrecieran cierta dificultad en su visualización. Es en la creación del espacio donde más aflora el Bosco, no sólo por la animación de su cuadro, sino por la utilización de unos objetos simbólicos (todo es inesperadamente simbólico en Arrabal) que hay en común en el imaginario de ambos genios: el huevo gigante, los hábitos de monja, el suelo de damero, las ovejas, el cuchillo gigante o la trompeta, que caracteriza al personaje del mago como el tambor lo hacía con Fando en otra conocida obra del mismo autor.
«Hazme sufrir» dice uno de los personajes en el clímax de su transtornado delirio. Podría ser cualquiera de ellos, de ello se alimentan y con ello controlan al otro. Los que asistimos a tal vorágine salimos de la sala con nuestra alma transformada en escarcha envasada, mientras ellos terminan de alimentarse con la suya, contenida en un tarro de mermelada de pera.
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Sergio Herrero

Autor:  Sergio Herrero [ Dom Abr 17, 2011 2:17 pm ]
Asunto:  Re: El jardín de las delicias, de Arrabal, estreno en 4ª Pared

Se trata de una obra de Arrabal escrita en el 67 en la cárcel, y no estrenada en España hasta ahora. Aún falta mucho por hacer para recuperar la memoria literaria del exilio y la posguerra. Gracias y enhorabuena a Rosario Ruiz Rogers por hacerlo.

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