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 Asunto: Falstaff por Andrés Lima en el Teatro Valle-Inclán (CDN)
 Nota Publicado: Vie Abr 15, 2011 5:12 pm 
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megaforero
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¡Muera el orden! (Una noche en la ópera)

«Falstaff.— ¡Yo no quiero el honor, a mí dadme la vida!»

Andrés Lima, que se reserva sus apariciones para las obras más eficaces (que no necesariamente más efectistas, como fue el caso de «Penurria», perdón, Penumbra, una mezcla entre El ángel exterminador y La omisión de la familia Coleman inundada de afligida fatalidad gratuita), es el jefe de este circo de dos pistas que, como un carrusel de personajes, nos va mostrando en cada una un mundo equitativamente mezquino: la camarilla de nobles alrededor de los reyes y los parroquianos de una taberna de los bajos fondos. A los personajes de uno y otro mundo les dan vida los mismos actores: sólo la decadente familia real tiene su exclusiva representatividad. El director, como Chicho Ibáñez Serrador en su programa al final de cada temporada, nos transmite lacónicamente las acotaciones precisas y atempera o apremia los tempos de cada escena, de manera más ajustada a como lo hiciera en Hamelin. El circo, ruidoso como discoteca poligonera, hacía que algunos espectadores se revolvieran en el asiento, ante el atrevimiento de presentar así a Shakespeare: bien, teatro que no deja igual al espectador y con un riesgo en la propuesta, es lo mínimo que se puede pedir. En realidad, estamos asistiendo a la actualización de la obra (¿qué otro sentido tienen los clásicos si no es hacernos pensar en la misma situación ahora? Memoria —histórica— lo llaman) y así se despellejan los arquetipos de la Commedia dell Arte en que se basan los personajes de la taberna para mostrarnos unos más reconocibles hoy día, los del circo mediático televisivo: Pato nos recuerda al Moñas (un personaje creado por César Camino para un programa de humor), Pistola remite a Quagmire de la serie de dibujos animados para adultos Padre de familia, en Bartolo se atisba un clown a lo Pepe Viyuela y Doña Rauda, claro, no puede evitar caer a ratos en Aida. Da igual si es de modo consciente o no, no se trata de una imitación, cada espectador podría poner sus propios referentes: simplemente, el arquetipo se renueva. El mismo Falstaff era el más arquetípico de los personajes, que aún en esta propuesta guarda en su barriga un Brighella con físico de Dottore y espíritu de Capitano.
El resultado de todo ello es una taberna que recuerda a Buñuel, en este caso a Viridiana. El problema hoy día con estas escenas de celebración, «tutto nel mondo é burla», o de teatro dentro del teatro en Shakespeare, por más que siempre se diga que su nombre es sinónimo de acción, es que falta conflicto o el poco que hay nos es bastante ajeno (salvo en la escena metateatral en Hamlet). «Fallstaff, apareces cuando ya se ha acabado toda la acción», le dice Juan de Lancaster; y así es: estas son escenas pensadas para el puro entretenimiento, que a buen seguro dejaban libertad a la improvisación (como la mencionada Commedia hacía) y tendrían una función parecida a una jácara o un entremés en el total de la fiesta barroca. Pero ese humor es difícilmente trasladable a hoy día, ni siquiera el chascarrillo o un ambiente más esperpéntico termina de cuajar.
Es impresionante el cambio de los actores de un personaje a otro y muy de agradecer que se haga a la vista, como a Andrés Lima le gusta hacer, afianzando la clave de la verdad escénica. Los personajes tabernarios quizá tengan mayor disfrute (o mayor fuerza, como es el caso del Simple de Sonsoles Benedicto), pero preferimos la presencia de Alfonso Lara como Worcester o el humor de Carmen Machi más ajustado y diverso en el Arzobispo, caracterizado con una casulla/alfombra de ingeniosa versatilidad. El Príncipe Enrique es el personaje que nos sirve de puente entre los dos mundos, y estos se juntan en ese acento muy bien resuelto cuando se calza la corona en plena representación; a partir de ahí, toda esa «chusma» es reclutada para ser «carne de cañón» y todo el ruido escénico va templándose. Toda esta primera parte la obra ha ido avanzando a estratos, como si el público tuviera que ir quitando velos para poder adivinar lo que escondía tanto exceso: como una ópera buffa (no en vano Verdi escribió una sobre el personaje) cada aria, cada escena, es un escalón que nos ha llevado a ir conociendo más de los personajes.
La excelente escena de la guerra, esa «dama de los ojos encendidos», muestra cómo en el campo de batalla la individualidad desaparece, todos son el rey y su capricho, su voluntad y representación. La guerra es un interludio orquestal en la que las espadas son la música —durante toda la obra, el espacio sonoro, en los momentos de mayor inquietud y tensión, mejor cuanto más sutiles, es de quitarse el sombrero—, y el ambiente cada vez es más perturbador, llegando a un clímax que se mantiene hasta el final del acto, tras la conmovedora muerte de Percy Espuela Ardiente y el magnífico monólogo de Falstaff en el que se nos da toda una lección para la vida y para el teatro: «actuar para vivir, mentir para sobrevivir». En eso consiste el mundo de la actuación, y Pedro Casablanc, impecable, bien lo sabe y se lo aplica, actúa, da vida, y tras todo ese látex y maquillaje, aflora la verdad.
En la segunda parte el drama se apodera de la escena y se afianza su profundidad. Si la esencia de Falstaff fue su soliloquio, la esencia del decadente Rey Enrique IV, papel extraño y difícil magníficamente interpretado por Jesús Barranco —hasta ahora hierático como corresponde a su indigna majestuosidad, acompañado del sobrio y cuerdo Loco, interpretado con hermoso y desprejuiciado mimo por Alfonso Blanco—, despierta en sus impresionantes monólogos de los que las escenas que los separan parecen solo intermedios volátiles de olvido como papel quemado. El primero, que humaniza al personaje, comienza con clima precioso que mantiene un arriesgado engarce con la atractiva voz de Rebeca Montero cantando <i>Guarda che luna</i>, más aún teniendo en cuenta la cercanía que el diálogo requiere y un teatro como el Valle Inclán no puede ofrecer. El segundo, que dignifica al personaje en el final de su decadencia, es de un sobrecogimiento tal que la escena queda ya inundada por él hasta el final (apoyada en el sostenido sónico): Raúl Arévalo salva la difícil réplica airoso, y el final de la obra infiere lo que aún no hemos aprendido sobre el poder: <i>nessum dorma</i>, estemos alerta porque quien lo prueba no atenderá a nada que no sea su propio interés.
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Sergio Herrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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