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 Asunto: Gólgota Picnic: Rodrigo García en temporada Mª Guerrero CDN
 Nota Publicado: Sab Mar 05, 2011 12:09 am 
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megaforero
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Registrado: Sab Dic 16, 2006 10:53 am
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El ángel caído salta en paracaídas
Siempre es difícil escribir una crítica a una obra de Rodrigo García. Porque a menudo supone escribir sobre lo que ocurre alrededor de la obra, y porque en la recepción de sus piezas se polariza la individualidad del espectador, y realmente cada uno no sólo la percibe de modo muy distinto a otro espectador, sino que realmente escribiría una crítica muy distinta aun partiendo de un sentimiento común de haber salido impregnado de la sala como antes se salía de los bares, con la ropa oliendo a humo, o como los propios actores de Gólgota Picnic salen con el sexo pegajoso de gel para el pelo. Que un artista consiga eso ya es un mérito del que muchos deberían tomar nota.
Por eso tratar de escribir sobre la obra como tal es saber que fracasaremos en el intento, como él mismo fracasa en hacernos ver que somos consumidores deplorables, como él mismo fracasa en tratar de que no nos identifiquemos con él como los que escapamos a ratos por ciertos resquicios que rápidamente son igualmente asumidos por la economía, y en confesar con él que hagamos lo que hagamos, caemos, junto a él, en el mismo juego fatal.
Es saber que fracasaremos porque él se ocupa de blindarse en algunos aspectos, y ese es quizá su logro y su condena, su salvaguarda y a la vez lo menos ético de su propuesta. Pero partiremos desde el fracaso porque partiendo del fracaso es quizá, también, cómo él levanta sus obras.
Creo que ya hace tiempo que mi capacidad de sorpresa se neutralizó ante las obras de Rodrigo García. Iba pues, con ciertos presupuestos que en algunos casos debería llamar prejuicios. No siempre negativos. Pero también iba dispuesto a derribarlos. Empecé a pensar en hablar por ejemplo, de cómo los actores durante el funky, escena que pretendidamente jugaba con agotar la acción, quedaban algo vendidos después de un tiempo más que razonable de ejecución, o en hablar de que no podía dar crédito al ver que tras algunos textos potentes se había puesto a hablar de la relación de los hombres con las máquinas al mismo nivel que lo haría un ama de casa con su vecina.
Pero estos matices al uso quedan insignificantes, o insignificados, ante ese tema de la ética de la propuesta que uno ve en escena. Y no hablo de si es moral o no meterse a saco contra la religión, no lo es más ni menos que hacerlo contra cualquier otra cosa. El enfoque es otro: «Cómo no se van a caer los edificios si no tienen ni una sola tonelada de ética», nos dice, y nos está convocando con ello a pensar sobre su propia ética, y se ve en la necesidad de justificarse por llenar el suelo de panes de hamburguesa, porque la crisis, y el hambre en el mundo…, como si el artista ahí mismo fuera el que tiene que solucionarlo, como si fuera más lícito gastarse una millonada en un decorado de porespán, simplemente porque no estamos viendo cómo con ese dinero podría haberse alimentado igualmente a no sé cuántas familias. El enfoque es otro: no es la ética de dios ni la de las hamburguesas, sino la del propio artista la que puede llegar a ponerse en duda, y ahí es donde debemos quitarnos los prejuicios para ver que hay un trabajo elaborado, ofrecido con verdad, con honestidad. Y hemos de tener un respeto por que hoy día parece negado al artista contemporáneo.
Es sólo la exclusión de sí mismo al lanzar su soflama la que no terminaba de convencer en la mayoría de sus propuestas, esa utilización de la segunda persona del plural sin tener en cuenta que el público que asiste a sus funciones quizá no sea a quien se dirige ese vosotros —y sin embargo… ¿quién y por qué se levantaba, entonces, de su silla?—. El aire de superioridad inverosímil desaparecería si donde hay un vosotros, se contara con el público para la causa frente a un “ellos”, o se asumiera que de un modo u otro “nosotros” somos los que nos guisamos y nos comemos nuestra propia mierda. Pero eso sería demasiado conformista, lo opuesto a sus intenciones. Hay que decir sin embargo que desde el tono bíblico de esta propuesta es desde donde mejor puede entenderse esa manera de articular el discurso (el panfleto, si se quiere ver así), e igual que la palabra de dios se emitía desde un vosotros, se le devuelve con idéntica moneda desde el otro lado, el del ángel caído. Ahí de nuevo el creador se guarda las espaldas, se tira con paracaídas.
La integridad del artista está ahí, en no cambiar su discurso, y no sólo no suavizarlo, sino potenciarlo al saber que en un espacio más multitudinario como es un teatro estatal habrá una parte del público que no sean sus incondicionales. La tiranía de los presupuestos públicos no es que se utilicen para la provocación, sino al contrario, que habitualmente se provoque desde ellos ofreciendo sólo lo que una determinada manera de hacer teatro, establecida por los diferentes poderes, convenga en que es lo que ha de verse: es de agradecer que haya grietas en ello.
Tema o lenguaje, fondo o forma, qué o cómo… ¿Qué es lo que incomoda al espectador? Lo fácil es pensar que el tema, pero no deja de ser curioso que en El mesías de Berkoff, estrenada hace unos años en el Teatro de la Abadía, el mensaje era el mismo pero no soliviantaba, quizá por su puesta en escena descafeinada; el problema con la propuesta de Rodrigo García es que tampoco llega el mensaje a quienes abandonan la sala porque no se atreven a pensar, a dejarse llevar por lo contrario a sus esquemas —«No os digo saltad por una ventana. Os digo saltad dentro de vosotros mismos, gozad de la caída, no os dejéis molestar por nadie»—. Seguramente es demasiado pedir al espectador y a la obra, habría que ver cuánto somos capaces de hacerlo nosotros: yo tampoco soporto un discurso del papa, y me levantaría igual, sonoramente. Pero lo cierto es que si los que no quieren escuchar no lo hacen, a los que ya conectamos con el discurso no necesitamos que nos lo griten.
Afortunadamente, Gólgota Picnic da para mucho más que eso, como el disfrute de los actores (destacan especialmente la única mujer en ese áspera labor, Núria Lloansi, y sobre todo Gonzalo Cunill, que con su voz y su presencia serena, potente, hace todo mucho más entendible —y doloroso para quien se deja hablar—). O como el único momento espiritual —palabras de Rodrigo—, el concierto inserto de Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, de Haydn, que inicialmente daba título a la obra de Rodrigo: cualquier esquina de la sombra del pianista en el fondo del escenario, está cargada de un nivel poético como no ha pasado por el María Guerrero desde hace décadas. (Y gracias, Marquerie, por iluminar este acto escénico.) Marino Formenti —en el segmento anterior de la obra, ensombrecido bajo la gorra del empleado del fast-food: más que una metáfora, un ejemplo de cuántos talentos desconocidos puede haber bajo los trabajos con que nos premia la sociedad actual—, emociona desde su propia emoción, y quien no vaya más allá del cuerpo desvestido del pianista y se deje llevar por su verdadera desnudez, la de su relación con el piano, sin partitura, sin nada más que las manos del hombre y los sonidos del instrumento, y los silencios, sólo podrá ser un obseso de su propia represión, que no sabe apreciar dónde está la belleza.
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Carlos Bello

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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