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 Asunto: El proyecto Laramie en el Teatro Español
 Nota Publicado: Sab Feb 05, 2011 12:35 am 
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megaforero
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Registrado: Sab Dic 16, 2006 10:53 am
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Las causas ganadas
Un comentario de un espectador me da el pie, tan medido y exacto como los actores se lo dan en esta obra, para empezar la crítica: «Era como los ensayos de las obras de teatro que salen en las películas americanas: escenario negro, sillas, actores». Y efectivamente, así es. No en vano estamos asistiendo a una historia estadounidense, más aún en otros aspectos que el propio lenguaje escénico. Y esa es a su vez una virtud y un peso que arrastra: como proyecto colectivo, surgido del espíritu de un pueblo que aún cree en muchos valores (como en la fe en la esperanza) que al mismo tiempo destruye, no puede sino atañer sólo a lo sentimental, y de todos los enfoques desde lo que se puede abordar un tema como este, entre el drama y la tragedia, opta por el melodrama. Y eso implica jugar con la implicación del espectador y contar con que se abandonará a que la historia manipule sus sentimientos tocando sus fibras sensibles más básicas. Pero afortunadamente esta propuesta sabe contenerse y el lenguaje escénico actual, con los personajes construyéndose de manera instantánea, sin apenas caracterización, para dirigirse frontalmente al público, distancia lo suficiente al espectador como para no caer en lo sensiblero; asimismo el ritmo, los constantes cambios de tiempo y aún más de personajes, no paran de dar la información para que el propio espectador reconstruya la historia, y esa maquinaria controla sutilmente la intensidad emocional.
Pero en el fondo ese lenguaje, ese modo contemporáneo de contar las historias, ya lleva haciéndose aquí y en todo el mundo más de medio siglo. A algunos espectadores de algunos espacios públicos aún les sorprende, gratamente, claro, porque al fin y al cabo no es más que el lenguaje de hoy, el teatro de hoy, y no saben los artistas que apuestan por ello cuánto les agradecemos y les agradecerán generaciones venideras que hayan llevado el lenguaje contemporáneo, despojado, allí donde sólo cabían las formas de hacer antañonas. Pero no hay que verlo como nada revolucionario, es sólo gente de hoy haciendo arte hoy.
Como no es una revolución lo que convoca a los que se movilizaron cuando ocurrió el asesinato de Matthew Sheppard: ni al pueblo, ni al país, ni a la compañía. Es una causa común, pero en el fondo no sirve para cambiar nada porque no se puede cambiar lo que ya ha ocurrido, y no hay una lucha por un ideal porque la justicia está de su lado, ya de antemano. No hay conflicto, en definitiva: ni en la propia historia ni, como en el teatro más experimental, con el propio espectador: aunque se dé la voz a quienes generan el odio con su actitud, nadie de los que asistimos a la representación se desmarcará de la causa que se defiende. Una causa bienpensante para irse a casa con la conciencia tranquila.
Pero lo que me interesa plantear aquí es: ¿Qué hace que, si no hay conflicto, el público no pueda dejar de seguir El proyecto Laramie? La ausencia de giros en la trama se suple con los mencionados giros temporales, y la manera en que se hilvana la historia es el motor que permite la pluralidad de voces que recogen los diferentes matices de la frustración (solidaridad, compasión, rabia…) causada por todo lo que se genera alrededor del asesinato y por el crimen mismo. Eso es lo que conecta, junto a la empatía con la situación —¿qué hubiera hecho yo si aquello me hubiera tocado más de cerca?— la trasposición de los sucesos a otros más locales —el asesinato de Miguel Ángel Blanco, el Prestige o el 11M, cada país y cada persona tiene sus propias desgracias de las que hacer causa—, y sobre todo, un buen hacer de los actores, de entre los que destaca la versatilidad de Jorge Muriel y de Consuelo Trujillo, o la presencia confiada y solvente de Antonio Mulero-Carrasco. Sobre el buen decir de Mónica Dorta y una acertada Victoria Dal Vera recaen dos personajes (entre los setenta que los ocho actores desarrollan en el escenario) que suponen un conflicto, una posibilidad de nudo en la trama, una puerta que se abre pero que no se atraviesa del todo: la mujer de un policía que habla del crimen de un compañero que se cometió en aquellas fechas, sin dar lugar a tanta farfolla y una mujer policía que atiende al herido cuando llega al lugar del crimen, y para quien el caso acaba afectando en su vida privada.
¿Cómo vais a contar la historia con todo esto que os estamos diciendo?, pregunta receloso uno de los personajes de la obra a su entrevistador. Partiendo de los testimonios de más de doscientas entrevistas, Moisés Kaufman y su compañía Tectonic Theater construyen este docudrama del único modo en que puede hacerse: fragmentando esos testimonios para ofrecer el mosaico sin reconstruir la historia linealmente, sino ofreciendo retazos de información de modo similar a cómo ellos los fueron recibiendo. En algunos instantes no es fácil evitar pensar que el interrogatorio mete el pie en el charco del género policiaco, como cualquier serie televisiva al uso, pero la dramaturgia es suficientemente inteligente como para no embarrarse demasiado en ese terreno: no se trata de reconstruir el crimen sino de plasmar las circunstancias y el fenómeno posterior que lo rodean. El lenguaje actual con que se expone y este tono testimonial muestran de manera eficaz cómo el tono documental encaja a la perfección en la moderna máscara del teatro —de hecho, ha dado lugar a la filmación posterior de un falso documental por parte del propio Kaufman—, planteando a su vez el debate entre los límites de la realidad y la ficción. La dirección de Julián Fuentes Reta y el trabajo de elenco consigue, igualmente, que pensamos que es esta compañía la que ha viajado hasta allí para documentarse, subiendo así un elemento más en la cuerda de funambulista que traza el mencionado límite.
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Sergio Herrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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