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 Asunto: Días Felices, de Beckett: Salva Bolta dirige a Isabel Ordaz
 Nota Publicado: Lun Ene 17, 2011 2:18 am 
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megaforero
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Prometea en el montículo
Como los eslóganes que los más conservadores lanzan para que sean repetidos como un mantra, como un rezo del que nadie analiza sus palabras, se siguen repitiendo, a estas alturas del XXI, frases de hace cien años sobre obras del siglo pasado. Que alguien vaya a ver a Beckett y aún diga que sale sin saber qué era lo que vio, o que espera que la siguiente obra pueda entenderla bien, implica un viaje en el tiempo: vive una forma de hacer teatro, el «teatro de toda la vida» que es anterior a su vida. Hay que atajar eso, que el público no vea el teatro como algo antiguo simplemente porque no ve lo que se hace hoy día. Que igual que se deja llevar por un concierto de rock, en muchos casos comprendiendo, literalmente, aún menos lo que se dice allí, se pueda dejar llevar por el teatro. Desde aquí sólo podemos recomendar ver esta y tantas obras, ya clásicas, para acostumbrar el oído, para abrirse al fin al abismo y ser abismo y caída.
No hay, empero, que olvidar algo: las vanguardias van delante del cuerpo de batalla, son carne de cañon, lo primero que se quema o se destruye en una batalla. Abren camino, y se merecen el mayor respeto como héroes de la patria. Pero ningún estratega usaría los mismos soldados para la vanguardia de otra guerra, años después. Afortunadamente el teatro no es la guerra, aunque pueda parecerlo por las batallas que hay que superar para abrirse paso en este mundo (curiosamente no con los compañeros de profesión, como a menudo se intenta mostrar, sino contra los dictadores de turno). Como arte que es, podemos permitirnos recrear los combates. Sin embargo, su condición efímera implica que no intentemos reproducirlos: es algo muy distinto a recrear. Y es esa recreación lo que conforma la labor del director. Pero tampoco podemos engañarnos: en muchos casos, poco margen de maniobra hay para ninguna estrategia. Desde Brecht, hay algo en la dramaturgia durante aproximadamente medio siglo (el mismo que nos distancia de su escritura hoy) que encorseta la creatividad del director, y hace que, por mucho que desde el mundo más academicista puedan mesarse los camellos ante tal afirmación, un texto como el de Días Felices envejezca pronto y mal, pese a su universalidad, su importancia y su impacto.
Alguien cercano al autor señaló en una crítica que la obra es «una metáfora extendida más allá de sus posibilidades». Y consecuentemente, no envejece la metáfora, el subtexto, su mensaje —por ejemplo, ante uno de los estados que se nos transmite, la resignación, hoy hablaríamos quizá de resiliencia, pero el mérito es hablar de ello cuando aún nadie siquiera le había puesto nombre—: pero una vez reconocida tal metáfora, lo cierto es que hoy día el texto pesa aún más sobre los hombros del espectador, como un cielo denso, como el propio peso que va enterrando a Winnie, Atlas de su propia existencia.
Hay frases, con todo, que caen hoy como sentencias lapidarias que definen nuestra situación actual: siempre hay algo con lo que sentirse identificado, igual que siempre hay algo con lo que relacionar la metáfora que el personaje protagónico es. «No exageres con la bolsa, acuérdate del futuro», se dice Winnie. El futuro, eso que tanto se empeñan en vendernos, y que no es más que estar cada vez más enterrado; la bolsa, eso que tanto nos han enseñado a adorar, y que no es más que el lugar donde guardar nuestra propia desgracia, Sísifos de nuestras pertenencias destinadas a acabar desperdigadas rodando por el montículo de nuestra existencia.
Si algún Willie escuchara estas palabras que estoy escribiendo pensaría que meterse en tales berenjenales no era necesario, que debería haberme limitado a decir que, ciertamente, desde el primer minuto el buen hacer de Isabel Ordaz nos hace sentir que lleva toda la vida ahí, anclada en el montículo cual Prometeo —ver crítica anterior, tan inevitablemente relacionada en muchos aspectos: metáfora, recepción, escritura escénica…—, con sus eternas rutinas creadas por ella misma; que su manera de decir, tan peculiar, tan propia, genuina, extracotidiana, es perfecta para el distanciamiento y el absurdo de Beckett; que impresiona ver su deterioro final, su cabeza, ya sin cuerpo, San Juan Bautista, asomando para tratar de esparcir verdades, y cómo, decadente, apenas puede reproducir su retahíla cada vez más inconexa. Pero igual que Winnie, no puedo parar el fluido de mi conciencia, aún sabiendo que cada día más, las palabras, sin posibilidad de acción, son una prédica en el desierto, o en Twitter, ese mar virtual de titulares, en muchos casos sin otro receptor que alguna ballena sorda.
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Sergio Herrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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