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 Asunto: Prometeo de Esquilo/Müller en el Teatro Valle-Inclán (CDN)
 Nota Publicado: Jue Ene 13, 2011 2:30 am 
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megaforero
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Los días eternos
«PROMETEO A SU BUITRE PREDILECTA:
Más arriba, a la izquierda, tengo algo muy dulce para ti.
(Ella se obstinó en el hígado y no supo e corazón de Prometeo.)»
J.J. Arreola Palíndroma

Müller es un giro de tuerca sobre la vanguardia, y desde él aún faltan pasos, los de los años, para llegar al lenguaje escénico de hoy. Pero precisamente por eso, no podemos descuidar su actualización, no debemos caer en la misma falsa antropología teatral en la que caemos al montar los clásicos, pretendiendo hacerlos «como debe ser» y sin embargo ofreciendo un pastiche de cómo los hacían en el siglo XIX. En este caso, ha transcurrido casi medio siglo vertiginoso y eso ha de transcurrir también por la escena.
Y en ese intento de reactualización por parte de Carmen Portacelli —la obra en sí ya es una actualización del texto de Esquilo, y la manera de actualizarla, por parte de Müller, curiosamente, fue devolverle su primigenio discurso-decurso—, Prometeo es ella. Y sólo ese dato ya habita de otra forma el simbolismo de la obra, acercando a la diosa castigada, desde la tragedia, a la mujer prisionera de Los días felices de Beckett. Tantos milenios como se cuentan en el mito son los que ha estado la mujer luchando, atada, desde el fin del mundo para dejar de ser un «despojo de los dioses».
Carme Elías encarna al personaje descarnado desde ese abismo desolado de los siglos. Desde ahí habla Müller y desde Müller el propio Esquilo, y desde Esquilo el propio Prometeo. Y para poder entender al oráculo, a quien se acerque a él se le ha de pedir el mismo esfuerzo que realiza un traductor por desgranar las palabras para tratar de componer la historia que él crea que cuentan. Porque Müller descubrió y transmitió la desnudez del texto de Esquilo, y justo le interesó lo que lo acercaba más a su código, lo que durante siglos lo había hecho arduo, complejo: que estuviera despojado de todo artificio (y no hay mayor artificio que la estructura que la mente humana quiere ver en todo, la estructura que en la tragedia clásica, a modo de oratorio, no estaba). La complejidad de lo larvario. Pero no hay que confundir el esfuerzo requerido: no se trata de comprender sino de componer a partir de aquello a lo que se está asistiendo; de lo contrario, habremos perdido la partida de antemano.
La distancia de milenios y confines se transmite en la sobria escenografía en la que se desarrolla la obra, y la otra, la también pretendida distancia con el espectador, el extrañamiento, se cumple: no hay catarsis, el espectador sale con la sensación de no de vacío, sino de estar a medio volcar, lo que no es menos desazonador, un coito que no ha tenido fin como no lo tenía el castigo de Prometeo. Sin embargo, algo discordante entre el modo de decir y la fisicidad en los actores, hace echar en falta a ratos el pathos, o precisamente por ello, ir más al extremo opuesto. El agua en el suelo que hace chapotear los pies de los que visitan a Prometeo, el hierro… todo apoya y está al servicio de los actores, pero por momentos las acciones a que les induce no parecen salir de la necesidad de lo que le pasa al personaje en ese instante. Y el peligro es que eso puede acabar resultando una puesta un tanto acartonada, no distanciada, sino falta de cierta verdad escénica. Algunos actores lo salvan especialmente, como David Bagés, no ya con la perla de papel que supone el personaje perverso y travieso de Hermes, mensajero de los dioses, sino en el epílogo final, deconstruyendo el mito, cuando se convierte en nuestro mensajero para contarnos desde un decir más cotidiano que en definitiva esta es una obra de mierda (por la acumulación de excrementos en el monte durante esos milenos de agonía), trazando un veloz recorrido sobre la historia en la que hasta ahora sólo nos habíamos detenido en unos instantes (milenios, quizá): los que transcurren entre el encadenamiento y la condena de sufrir al águila que devorará su hígado. Y es en ese cambio, en ese final, cuando uno siente que se ha dado en la clave, que se ha encontrado la manera de engrasar la maquinaria, de desentumecer la rigidez que antes encorsetaba la propuesta. Un lenguaje no ya contemporáneo, sino coetáneo, que ha de ser lo que el espectador encuentre en escena, aunque traiga voces de otras civilizaciones: la voz reflejando su propia tragedia.
[«Prometeo lloró cuando Aquiles mató al ave, su única compañía durante milenios.»
Aunque fuera un amor no correspondido, eternamente.]

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Sergio Herrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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