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 Asunto: 5 soldiers, Rosie Kay en Madrid en Danza
 Nota Publicado: Jue Nov 25, 2010 3:58 pm 
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megaforero
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Registrado: Sab Dic 16, 2006 10:53 am
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Quien lo probó lo sabe
Vivimos en un tiempo en el que las pequeñas experiencias de convivencia son objeto de interés para los medios de comunicación de masas hasta el punto de convertirse en un formato de programa televisivo, pero algunas de ellas no pueden expresarse con palabras, y por eso hay quien ha pensado que la mejor manera para transmitirlas es la danza. Coincido con ella: Rosie Kay, que ha sabido acercarse al ámbito de convivencia más intenso, el del ejército, empezando por su propia experiencia tras permanecer unos meses entrenando junto a un batallón, en el tiempo entre las batallas de la guerra de Irak y la de Afganistán. Todo por hacer caso a un sueño mientras estaba lesionada, en el que vio su pierna separada del cuerpo en un campo de batalla, y tomarlo como la revelación de que ese instrumento de trabajo es el que tenemos en común soldados y bailarines, y que la disciplina a la que lo sometemos es similar: sufrir el dolor. A partir de ahí la investigación le ha tomado más de un año.
La guerra, por lo general, es aburrida. Consiste en esperar, como en una cuenta atrás con final en un punto indeterminado, horas y horas, uno no sabe muy bien qué. Esperar a que le ataquen, en algunos casos. Esperar a que te ataquen. Es como si te inyectaran un virus de paranoia. Pero que nadie espere una tragedia oscura de todo esto. La pieza refleja cómo la convivencia está llena de buenos momentos, alegres, momentos para la broma, para las canciones de moda. Donde los roles en el grupo se asumen de modo natural —y es aquí cuando el de la mujer (la bailarina Tilly Webber, un soldado más pero la encarnación de lo femenino en su momento de privacidad) consiste en hacerse valer entre la testosterona y los instintos más bajos—. Donde la personalidad de cada soldado se muestra potenciada por la situación — y es aquí cuando la luz de un personaje (y la del bailarín que lo hace posible, Chris Linda, más aun en su relación con su binomio, Chris Vann) encandila a todos con un torrente de juventud y vitalidad, que, obviamente, está llamada a acabar en desgracia—.
La obra está por tanto lejos de quedarse en la estética de la guerra (de hecho, en los ensayos se recurrió más al imaginario sacro de pintores como Caravaggio). No es sólo un grupo de bailarines uniformados, sino que va más allá —a paso ligero—, marcando con la caminada el ritmo que marcará los movimientos, y así —media vuelta— en bucle: la estética es ya algo más, ambiente. Pero que nadie espere marchas militares: la música la construyen los sonidos de la guerra, que a menudo son también los de la naturaleza que les rodea. Junto al Stabat mater de Pergolesi.
Que no se engañe el público: no estamos ante una crítica antibélica, ni por supuesto pro-bélica. Simplemente, ese no es el tema. Es cierto que ante las guerras hay quien mira hacia otro sitio, y otros quieren mirarlas de frente. Rosie Kay ha querido mirar dentro, a quienes a su vez miran de frente al frente; saber qué ocurre con un grupo de jóvenes cuando son enviados a una experiencia extrema, un rito de paso que va más allá de lo ritual, traspasando el límite, en ese lugar donde uno aprende verdaderamente qué supone cargar un arma, cargar un cuerpo, cargar su alma. Un grupo humano que llega a ser una unidad mental, donde la palabra compañerismo adquiere su verdadero sentido.
Para conseguir todo esto, los propios bailarines han pasado por la experiencia de un entrenamiento al modo militar, y de hecho uno de ellos, Tomasz Moskal, ya hizo en Polonia misiones con el ejército. Sólo así, pasando por ello, se logra esa complicidad, más profunda que la compenetración de una compañía de danza. Sólo quien lo probó lo sabe.
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Elliott Cooper

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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