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 Asunto: Avaricia, lujuria y muerte. Valle-Inclán en el Valle-Inclán
 Nota Publicado: Dom Jun 28, 2009 1:58 am 
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megaforero
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Valle-In-Clan
Qué mejor manera de celebrar el día del español que escuchando las palabras de Valle-Inclán, ese español mágico que resucita términos inusuales y crea un lenguaje atmosférico y atemporal.
Hablar del Retablo de la Avaricia, la lujuria y la muerte es hablar de tres obras distintas, y más en esta versión. Dicen que los grandes temas que mueven el mundo, y por tanto, la literatura, son el amor, el sexo, el poder y la muerte. Valle lo sabía, y eso es lo que une estas tres obras, en su grotesca monstruosidad.
Es una pena que ni estos elementos ni la palabra de Valle se respiren con autenticidad en la propuesta del CDN. El texto se percibe dicho con corrección impoluta, pero poco habitado, en Ligazón; oculto entre el ruido escénico en La cabeza del Bautista, y por momentos ininteligible por lo gritado en La rosa de papel. Lo tremebundo queda tapado por la corrección aséptica en el primer caso, por la frivolidad ambiental en el segundo y en menor medida, por los retazos glam-queer del tercero. Y sin palabra, ni monstruo... ¿Dónde queda Valle-Inclán?
En el exterior de los postigos del tríptico El jardín de las delicias de El Bosco, hay una grisalla con la creación del mundo. Esa cara oculta sería la válida en los retablos de Valle-Inclán. Hay algo en él que nos lleva a las pinturas negras de Goya, el mismo oscuro mundo reflejado un siglo después. Quitar la palabra ‘retablo’ del título, anticipa una lejanía del original, de nuevo en diferente medida según el caso. No hemos de ser puristas: quizá no debamos basar nuestra crítica en esa mayor o menor fidelidad al espíritu inicial, pero el peso de un dramaturgo como este no puede ser obviado. Cuando leemos a Ana Zamora en el programa de la obra «Tengo la sensación de que no sólo en su día no se entendió a Valle, sino que hoy seguimos sin entender nada», y luego vemos los montajes, nos sentimos tentados a darle la razón. Pero precisamente por la dificultad que entraña el autor, no podemos erigirnos en los guardianes de su esencia: su obra entraña múltiples lecturas que siempre se quedarán cortas, y más en tan poco espacio, apenas un párrafo para cada pieza.
En la primera obra, Ana Zamora trata de mantener las didascalias en escena, como habitualmente se considera oportuno: pero a veces, amén de decir a viva voz las palabras del dramaturgo, convendría hacer caso de estas acotaciones en su escenificación: así se potenciaría el simbolismo universal de la rueda (de la fortuna, del mundo, la rueca de la muerte, tan cercana a la del afilador) cuya sombra planea por toda la obra; más allá de esto, la directora aporta la presencia real de otro elemento mágico en el escenario: el agua, pero, de nuevo, es un recurso no suficientemente explotado. Por otro lado, eso sí, la iluminación produce sombras que nos acercan a la idea del auto de siluetas que propone el dramaturgo.
En la segunda obra, la ausencia de la verbalización de las mencionadas acotaciones no implica necesariamente mayor teatralidad. Alfredo Sanzol propone una revisión de la estética sesentil española (cortina de macarrones infinita en la deconstrucción de un bar de los de servilletas en el suelo y grasa en los cristales) que implica mayor riesgo, pero eso a menudo, como en este caso, no supone un mayor acierto: el ruido escénico cercano al musical retro antes referido lleva al espectador a un tipo de humor que, pese a que es tempranamente abandonado, peyora el monólogo final y el desenlace.
La tercera obra, La rosa de papel es, para bien o para mal, el texto favorito del que aquí escribe. Eso me permite disfrutarla más, pero también me hace ser más exigente. En esta tercera pieza, Salva Bolta mantiene la muñequización requerida, y ello, junto a lo opresivo del ambiente, nos acerca más a la atmósfera deshumanizada y sórdida. Pero la expresividad del actor-títere se escapa de las manos: el histrionismo nos lleva a ver homenajes a la niña de El exorcista o a los chulos de las películas de Bigas Luna. Recuerdo hace años haber sugerido que, en esta pieza, Valle-Inclán viene a ser un precedente del minimalismo, con el uso de esas frases repetidas (los niños llamando a la madre enferma) propias también del retablo de marionetas. Bien podría servir este texto para una ópera a lo Phillip Glass (valga esta inspiración para mostrar que no es la lectura tradicional lo que aquí defendemos), pero, sea cual sea la lectura, esta pieza funciona como un mecanismo de relojería, como ha reconocido el propio director, y por ello ha de estar más contenida de lo que Bolta consiguió controlar. La voz desgarrada, rota, del protagonista, no ayudaba a la comprensión de sus parlamentos, pero me han traído a la memoria al elenco de La Zaranda, que coinciden en estos mundos sórdidos que hemos llegado a echar de menos, y bien podrían llevarnos a ellos en una próxima ocasión.
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Carlos Bello

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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