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 Asunto: The Lindenmeyer System, André Gingras en EscenaContemporánea
 Nota Publicado: Vie Mar 20, 2009 6:07 pm 
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El método Gingras (Carnivalia)
Se ha venido hablando de él en Ophelia casi como una referencia. André Gingras ya nos visitó hace años con su espectáculo CYP17 the freakshow of the future y los pocos que pudimos verlo, vivimos una experiencia como pisar un territorio que nunca antes haya pisado una persona. Lamentablemente, no pudimos avisar de la actuación, el año pasado, en Zaragoza, del mismo montaje, que sigue en repertorio. Avisamos en nuestro foro, eso sí, del interés que nos produce este coreógrafo, cuando supimos de su visita este año con The Lindenmeyer system. Lo cierto es que, en aquel unipersonal, casi identificábamos bailarín y coreógrafo: era difícil averiguar qué parte del mérito podía corresponder al bailarín Kenneth Flak y su cuerpo perfecto como de un maniquí medicinal, y qué parte al coreógrafo Gingras en una pieza tan personal, tan particular, donde los movimientos estaban tan naturalmente incorporados que parecían propios, inherentes al ser performativo que observábamos. Aquí la propuesta es radicalmente distinta, por lo plural de sus ejecutantes, y la resolución de la misma. Pero si en aquélla el espectador se convertía en algo así como un estudioso del alma humana desprotegida de lo social, en este el espectador se integra aún más en lo que observa, y que en el fondo no deja de seguir siendo a sí mismo. Así, el título hace referencia al Sistema Lindenmayer, una «gramática» utilizados para modelar formas de vida, complejizándola. Son sistemas también utilizados en la llamada vida artificial. Estos sistemas de vida paralelos... nos recuerdan demasiado a la sociedad, el sistema de vida en el que estamos integrados pero que a menudo parece externo, como algo que discurre paralelo a nosotros. Como la Vía Láctea.
La entrada al espectáculo ya metía al público en un juego de inquietud, como si fuese a entrar en su Guantánamo privado. Unas instrucciones sobre el protocolo a seguir, una clasificación de los ciudadanos en europeos o extracomunitarios, una brida que te ata a tu asiento como a tu tabla de salvación. Ya dentro, un maestro de ceremonias que como en reflejo de la humanidad, nos divide en sociedades, países. Las fronteras. Un reflejo del juego amo/esclavo, poder/sometimiento también comienza entre los perfomers, a partir del control antitabaco. Lucha furibunda y perfectamente medida que acopla contact y danza envolviendo los continentes de espectadores. Un hueco incluso para la ironía particular, la muestra del sometimiento de los cuerpos de los bailarines a las órdenes del coreógrafo. El reflejo del reflejo.
El público cambia de lugar, parece abrirse entonces un hueco para la intimidad, una danza que podría ser la de dos cuerpos en uno, siameses unidos por las yemas de los dedos. Bailarines/humanos-marionetas, algo más cercano en la reflexión al citado montaje anterior.
Nuevo cambio: y a partir de la risa, el desnudo para mostrar el cuerpo como una esencia del ser humano, sus formas en las que reconocerse. Reconocerse en el inmigrante ilegal que queremos distinguir de nosotros, retornar al remitente, alejar de nuestra esencia atendiendo a lo que no es tampoco la nuestra.
Hay múltiples quiebros, como dobleces o lecturas en la obra; así, de la poesía del cuerpo pasamos a lo pragmático, la realidad nos abofetea en forma de formulario para entrar en otro país, para encerrarse en nuevas fronteras. Lo absurdo de lo real nos patea y nos repatea y sólo reímos ante las preguntas absurdas y el trato inhumano que recibe el ser humano por quererse mover por su territorio, poder pisar todo el suelo que le ha sido concedido.
¿Hay esperanza? Al final, una torre de Babel, una suerte de castellet como una montaña de cuerpos nos hace ver emerger a la humanidad de entre sus propios muertos, desde sus escombros de carne, pero… ¿cuántas personas han de ser pisoteadas para que una pueda llegar arriba y creamos que nos representa?
Es sólo una interpretación subjetiva de lo allí vivido, pero no podría ser de otra forma. El montaje lleva a la reflexión y por tanto participar del mismo es caer en ella. Habrá quien sólo habrá visto cuerpos moviéndose con preciso extrañamiento, quien llegue a reflexiones contrarias. Quien lo haya vivido, podrá sentirlo distinto a lo aquí dicho, pero eso es lo que se pretendía, desde el momento en que procuraban que cada quien viera el espectáculo en solitario. Quien lo probara lo sabe.
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Sergio Herrero

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OPHELIA, revista de teatro y otras artes


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