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La vida es sueño, en el Teatro Albéniz
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Autor:  OPHELIA [ Mié Dic 24, 2008 5:57 pm ]
Asunto:  La vida es sueño, en el Teatro Albéniz

Segismundo según Fernando Cayo
Corría el año 2000 cuando en su puesta en escena de La vida es sueño para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Calixto Bieito sorprendió al público español con una visión de la obra que insistía en la violencia de las pasiones que mueven a los personajes calderonianos, más allá de la retórica con la que se expresan, y al comenzar esta función, estrenada en el festival Clásicos en Alcalá 2008, Pérez de la Fuente parecía recoger el testigo del director del Teatre Romea en su acercamiento al repertorio áureo: Rosaura entra a lomos de un «hipogrifo violento» formado por cuatro actores que hacen comprensible los insultos desesperados que la protagonista femenina le dirige a su caballo, no menos desbocado que ella misma.
Sin embargo, los buenos resultados del experimento terminan ahí. La lectura coreográfica que se ha hecho del resto de la obra es, como poco, desacertada, fundamentalmente porque el movimiento escénico dificulta la comprensión del texto no ya sólo en su literalidad, sino sobre todo en términos de acción dramática. De manera que pese a que los actores no paran de moverse de un sitio a otro, el montaje carece del ritmo frenético que Calderón imprime a su obra, sobre todo en la jornada segunda. Las nociones de clímax y anticlímax pasan a mejor gloria en una puesta en escena donde el dramatismo se busca mediante efectos manidos y no se compensa con los momentos de distensión presentes en la dramaturgia original, como los lances de amor y celos del triángulo amoroso Rosaura-Astolfo-Estrella y las intervenciones de Clarín (Daniel Huarte), aquí un desafortunado gracioso que pretende hacer reír a su pesar y que ni en su monólogo del acto tercero es capaz de arrancarle una sonrisa al espectador. Tanto la comicidad como la fuerza trágica recaen en un Segismundo (Fernando Cayo) en estado de gracia que atrapa al público, pese a que los coprogonistas (Chete Lera como rey Basilio y Ana Caleya como Rosaura) no están a su altura y deslucen escenas tan emotivas como la del enfrentamiento entre el padre y el hijo del segundo acto. Con todo, merece la pena ir a ver esta función para disfrutar de la interpretación de Fernando Cayo, que, con cadena imaginaria o sin ella, da una lección magistral de cómo el trabajo corporal y textual deben imbricarse en el actor de teatro clásico.
Del resto de la puesta en escena podemos destacar la escenografía, monumental y funcional a un tiempo, formada por unos pilares que se usan a modo de los periactos giratorios del teatro griego y que permiten transitar de forma sencilla de la cueva a palacio, si bien al llegar la jornada tercera el uso que se hace de las columnas es más que confuso y casi molestan en el contexto de guerra civil que se quiere recrear.
La violencia de la rotundidad de Rosaura cayendo de su caballo en la escena con que se abre la obra, se convierte en una caricatura de sí misma cuando estalla la revolución gracias a un espacio sonoro y a un atrezzo más propios de película bélica de segunda que de tragedia. Ni el vestuario, aséptico más que actual, ni las pistolas tipo Matrix ayudan a la lectura contemporánea de esta fábula moral en la que al final Segismundo se convierte un tirano que toma el relevo de su padre y actúa movido por el rencor. Una interpretación simplista del desenlace original, en el que el castigo al soldado rebelde y la renuncia al amor de Rosaura demuestran la madurez social, moral y humana del príncipe de Polonia.
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Miguel Arcos

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