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Las manos blancas no ofenden, de la Cía. Nac. Teatro Clásico
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Autor:  OPHELIA [ Jue Nov 27, 2008 10:49 pm ]
Asunto:  Las manos blancas no ofenden, de la Cía. Nac. Teatro Clásico

Calderón rococó
Eduardo Vasco se ha rodeado de nuevo del mismo equipo técnico y el mismo elenco con los que trabajó en su versión de Don Gil de las calzas verdes (CNTC, 2006), y si entonces nos mostraba a una doña Juana-don Gil afrancesada y fashion victim cuyos modos hacían furor en el Madrid de los últimos Austrias, esta vez prueba a dar el salto al siglo XVIII, pero no al castizo de los sainetes de Ramón de la Cruz, sino a un rococó galante de espíritu europeísta.
El cambio de ambientación nace del hallazgo por parte de la directora musical, Alicia Lázaro, de las dos partituras conservadas para la puesta en escena de la comedia, que datan de entre 1730 y 1740 y que se completan con melodías de otros compositores de la misma época. La música en directo, sello distintivo de los montajes del Clásico en la era Vasco, se integra en la acción y agiliza las transiciones entre las tres jornadas, puesto que el espectáculo no tiene intermedio, pero sobre todo nos traslada a las cortes dieciochescas, al igual que el vestuario, firmado por Lorenzo Caprile, que una vez más crea unos figurines que hacen prescindible toda escenografía. De ahí que la propuesta de Carolina González pueda resultar molesta por lo redundante: por ejemplo, las escaleras del fondo, si bien son útiles desde el punto de vista del movimiento escénico, dejan a los instrumentistas semiocultos, sin que la opción de su emplazamiento en el escenario sea muy clara, y lo mismo ocurre con el teatrito de la jornada tercera, cuyo montaje lento y aparatoso se le podía haber ahorrado al espectador. Desde mi punto de vista sí resultan mucho más efectivas las localizaciones a base de elementos móviles como las maletas del primer cuadro o la chaiselongue de los aposentos de Serafina, que de modo sinecdótico y con el apoyo de la iluminación significan sobradamente los espacios por los que se mueven los personajes.
Del trabajo de los actores, destacaría la sutileza de Miguel Cubero (César-Celia), que ha sabido encarnar a un travestido lejos de cualquier cliché. En el caso de algunos de los actores veteranos de este elenco, además de que cuesta ver cómo se exalta en el texto la «lozanía» de unos galanes y damas asignados a actores cuya edad corresponden más bien a papeles de la generación de los padres, se echa en falta una mayor variedad de registros y un trabajo de estilo que sí es palpable en algunos de los integrantes más jóvenes del equipo artístico.
En definitiva, nos encontramos con una comedia muy divertida que, si bien carece de la fuerza de otros montajes firmados por Eduardo Vasco, como Las bizarrías de Belisa (Joven CNTC, 2007), tiene momentos de gran comicidad. Tuve la oportunidad de asistir a la representación un miércoles, día de asistencia masiva de grupos de institutos, y me sorprendió para bien la reacción de los adolescentes ante el tratamiento de un tema tan de actualidad como la ambigüedad sexual. Cuatrocientos años después, con una pátina rococó y un texto bastante aligerado, sigue siendo un gusto ir a «oír la comedia», y nunca mejor dicho. ¿Quién dijo que Calderón era de derechas?
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Miguel Arcos

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